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Reportaje

Un director práctico

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En los años ochenta, Chu alcanzó renombre científico atrapando átomos con láseres afinados con la máxima precisión. Ahora está aplicando esta misma maestría para el detalle a un sistema mucho más complejo: un organismo de 100.000 personas que trabajen en todos los aspectos de la energía y en temas nucleares.

Algunos veteranos de Washington han cuestionado si el talento investigador de Chu y el estilo de gestión directa le servirán tanto en el DOE como en el duro ambiente político de la capital. Ha cometido algunos errores, especialmente en sus relaciones con el Congreso. Pero después de un año en su cargo, Chu ha demostrado que aprende deprisa. Se ha confirmado como una voz en la que pueden confiar políticos de distintas tendencias. Ha ayudado a salvar diferencias internacionales, especialmente entre Estados Unidos y China. Y ha conseguido que algunos de los principales científicos de la industria y las universidades vengan a trabajar con él en el DOE.

Carol Browner, consejera de Obama para asuntos del clima, suele trabajar con Chu como parte del "gabinete verde" del presidente, un grupo de funcionarios expertos que supervisan asuntos medioambientales. "Creo que va a ser el mejor secretario de energía de la historia", dice. Las alabanzas también llegan de los políticos republicanos. Samuel Bodman, que estuvo al mando del DOE con el presidente George W. Bush, dice que Chu "ha demostrado su capacidad como gestor. Creo que el presidente estuvo muy inspirado al elegirlo".

En los años cincuenta Chu vivía en un pueblo a las afueras de Nueva York donde él y sus dos hermanos aprendieron rápidamente que la excelencia académica -y la competencia- eran tradiciones familiares. Los chicos veían College Bowl, un concurso televisivo de los años sesenta, y "los tres gritábamos las respuestas e intentábamos ganar a los concursantes", rememora Morgan Chu, el hermano pequeño, un prominente abogado de California.

Los padres de Chu salieron de China durante la Segunda Guerra Mundial y después de licenciarse trabajaron en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) de Cambridge. El hijo mayor, Gilbert, siguió el camino del prestigio académico sumando licenciaturas en ciencias de la Universidad de Princeton en New Jersey y del MIT antes de doctorarse por la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts. Morgan obtuvo un doctorado en Sociología antes de entrar en la Harvard Law School. Steven, por su parte, era un estudiante de notable alto que prefería arreglar cosas a hacer los deberes. En una familia donde todos habían ido a universidades de prestigio, él dice que era la "oveja negra académica", que se conformó con la Universidad de Rochester en Nueva York, donde estudió matemáticas y físicas. La presión familiar, dice, le frustró al principio, pero una vez en Rochester, floreció su facilidad para la ciencia. "De pronto las cosas que querían que hiciera me parecían naturales", relata.

En 1970, cuando entra en la escuela de posgrado de Berkeley, empieza su historia de amor con el láser. Dedicaba de manera obsesiva toda su energía a un trabajo que antes le parecía una lata. "Nunca se me ha dado bien repartir el tiempo -explica-. Cuando algo me apasiona, me engulle. Parece que es una cualidad que tienen los mejores científicos." Otro estudiante de posgrado de Berkeley, Phil Bucksbaum, recordaba que casi se pegó con Chu porque se "creía el dueño de los láseres", hasta que un tercer estudiante que había conocido a Chu en Rochester le explicó a Bucksbaum: "Siempre ha sido así: dedicado y brusco", cuenta Bucksbaum.

El trabajo de posgrado de Chu con luz polarizada para sondear transiciones atómicas fue lo suficientemente bueno para que le ofrecieran un trabajo en los Laboratorios Bell de New Jersey, por aquel entonces la utopía de la investigación de base. Chu prosperó, pero también hizo sacrificios. A medida que avanzaba su trabajo, pasaba más tiempo lejos de casa, dice su ex mujer, Lisa Chu-Thielbar. A veces escondía a Geoffrey, su primogénito, bajo el abrigo y lo llevaba al laboratorio para que viera a su padre. "Siempre fue primero científico y después padre", dice el segundo hijo de Chu, Michael, quien no culpa a su padre por centrarse en su objetivo, lo que le ha permitido llegar tan lejos. "Su ambición era intelectual y científica. Steve nunca se preocupó por el dinero. Ni siquiera por los ascensos", dice Chu-Thielbar.

 

Después de siete años en los Laboratorios Bell, en 1985 Chu descubrió cómo cazar átomos. Entrecruzó seis láseres para formar lo que denominó una "melaza óptica", una masa pegajosa de fotones. Los átomos se frenaban hasta casi quedar inmóviles, volviéndose lo suficientemente lentos como para que las fuerzas electromagnéticas de otro láser los detuvieran.

Un año después, en el invierno de 1986, Chu vislumbró los fundamentos del premio Nobel a través de las ventanas de una cámara de vacío. Los átomos de sodio, enfriados en melazas ópticas hasta 240 millonésimas de grado por encima del cero absoluto, se volvían de color naranja brillante a medida que caían, uno a uno, en una trampa del tamaño de un grano de arena. Una foto en color, la primera que se publicaba en Physical Review Letters, fue la demostración de su éxito (Chu S, Bjorkholm JE, Ashkin A y Cable A. Phys Rev Lett 1986; 57: 314-7). El trabajo encontraría aplicaciones en varias disciplinas. A los biólogos les proporcionó "pinzas ópticas", la forma de manipular biomoléculas individuales como el ADN. Y a otros científicos atómicos les dio las herramientas para crear condensados de Bose-Einstein, los estados superfríos de materia que pueden atrapar la luz y detener fotones, invirtiendo la técnica original de Chu.

"Steve nunca se preocupó por el dinero. Ni siquiera por los ascensos."
Lisa Chu-Thielbar


En 1987, Chu estaba preparado para regresar a la vida académica. Recibió ofertas de Harvard y Berkeley, pero le seducía la idea de colaborar en la construcción de un departamento de física menos famoso en la Universidad de Stanford en Palo Alto, California. Era un buen plan. A partir de 1995 Stanford se convirtió en un centro neurálgico; los físicos de esta universidad obtuvieron cuatro premios Nobel seguidos, incluido el de Chu en 1997. Mientras permanecía en Stanford, Chu empezó a moverse en nuevas direcciones, tanto personal como profesionalmente. Se divorció de Chu-Thielbar y se casó con la física Jean Fetter, ex decana de admisiones de Stanford. Preparó a posgraduados con interés por la biología y convenció a la administración de Stanford para que construyera un centro de biofísica de 150 millones de dólares.

Pero en 2004, justo después de terminar el centro, el Lawrence Berkeley National Laboratory (LBNL) vino a buscarle. Chu, que nunca había dirigido nada más grande que un departamento de física, estaba preparado para dar el salto y dirigir el laboratorio, que ahora tiene 4.000 empleados y un presupuesto de 650 millones de dólares. Mostró su valía desde el principio, obligando a la organización de la Universidad de California, que gestiona el LBNL, a endeudarse de forma inaudita para financiar nuevos edificios para el laboratorio y luchando para conservar los planes de pensiones de los empleados. Chu discutió personalmente en nombre de sus empleados con el presidente de la organización de la Universidad de California hasta que éste cedió, relata Graham Fleming, químico en Berkeley y segundo de Chu por aquella época. "Si un argumento no servía, lo intentaba con otro", añade.