Reportaje

Embajador de la energía

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Un frío día de principios de diciembre Chu se preparaba para asistir a la conferencia de Naciones Unidas sobre el cambio climático de Copenhague. Antes del viaje, uno de los últimos actos públicos de su agenda fue aparecer junto con el Secretario de Comercio, Gary Locke, para hablar sobre la forma de acelerar el proceso de concesión de patentes en tecnologías verdes.

En julio, los dos secretarios fueron juntos a Pekín para reunirse con los ministros de energía chinos. Locke, un importante político de ascendencia china, fue recibido con los brazos abiertos. Pero Chu, con su pedigrí de premio Nobel, fue como una estrella de rock en una cultura que venera la educación. "Era como Michael Jordan -aseguró un funcionario de la administración-. Todo el mundo le conocía."

Chu ha mostrado un especial interés por China no sólo por su ascendencia, dice, sino porque emite más dióxido de carbono que ningún otro país y porque está gastando miles de millones de dólares en investigación en energías limpias. Durante el viaje, Chu y Locke anunciaron que Estados Unidos y China investigarían conjuntamente en áreas tales como la eficiencia energética y la captura de dióxido de carbono de las plantas de carbón.

En su viaje a Dinamarca, Chu retomó su papel como embajador de la energía. Anunció planes para celebrar una conferencia el próximo año con ministros extranjeros de energía y prometió 85 millones de dólares de ayuda estadounidense para proyectos de energía renovable en los países en vías de desarrollo. Para Chu, la cumbre sirvió como preludio de la batalla del próximo año, cuando sacará sus armas principales -conocimiento y poder de persuasión- para intentar convencer a los congresistas de que voten una ley del clima que por primera vez recorte las emisiones de gases de efecto invernadero de Estados Unidos.

Chu dice que cuando termine su mandato como secretario de energía medirá su éxito con dos criterios: si ha ayudado a adoptar una ley sobre el medio ambiente y cuánto ha cambiado la manera en que el DOE apoya la ciencia. Estas medidas le habrían parecido raras al joven científico de los Laboratorios Bell de los años ochenta que pasaba el día preocupándose por la precisión de los haces de láser. Chu no había previsto llegar hasta lo más alto del escalafón del gobierno estadounidense, donde es el primer científico que desempeña un papel tan activo desde la guerra fría. "Sucedió así -relata-: primero seguí el camino de la ciencia y me preocupé por algunos problemas que nos afectan a todos en tanto que sociedad, hasta que al final me dije: no puede quedarme aquí sentado y dar una conferencia de vez en cuando. Tengo que ser proactivo, predicar con el ejemplo y dar un giro a mi carrera, porque esto es importante."

Pero mirando al pasado, es posible que la llamada del servicio público ya se le insinuara a Chu durante sus días como graduado en Berkeley, en cuyo departamento de física seguían vivos los recuerdos de los esfuerzos de la guerra. Cuando Chu hizo sus pinitos en escultura eligió un busto de Oppenheimer, el físico que fue director y supervisó todos los detalles del Proyecto Manhattan.

 

Ahora Chu mira a otra estrella de Berkeley como fuente de inspiración. Últimamente ha leído los diarios de Seaborg, que durante la guerra dirigió el equipo que intentaba extraer plutonio para fabricar la bomba. Seaborg cuenta que su grupo necesitaba contadores Geiger muy rápidos, que por entonces no existían. Así que animó a su equipo a inventar los detectores que necesitaban. Para Chu, ese sentido de la urgencia ante una gran amenaza es lo más destacado del trabajo de Seaborg: "Él decía todo el tiempo: 'Esto no es una investigación universitaria. Tenemos que ir mucho más deprisa'".