Aproximadamente 9,6 millones de kilómetros cuadrados, que lo sitúan como el cuarto país más grande del mundo por detrás de Rusia, Canadá y Estados Unidos, 1.300 millones de habitantes, cerca de la quinta parte de la población mundial, y con la importante categoría otorgada por la Organización Mundial del Comercio de ser el mayor exportador del mundo.
Con esas cifras, es de esperar que China cuente cada año con un crecimiento económico fuera de órbita y como consecuencia de ello, con un aumento de las emisiones de CO2 que se escapan con creces de los límites permitidos, tal es así, que el informe "2050, Energía y Emisiones de CO2 en China", el país se sitúa como el primer emisor mundial de este tipo de gas, por delante, desde el 2008 de EEUU.
Sin embargo y a pesar de la gran culpa del país asiático en la expulsión masiva de gases perjudiciales para el planeta y el consumo indiscriminado de energía, China parecía no estar dispuesta a cambiar su política medioambiental.
Todo cambió hace dos años, el hecho de que Beijing, su capital, resultara elegida como sede de los juegos olímpicos. Las duras críticas que el país recibió por parte de la comunidad internacional por no tratarse de una ciudad apropiada para el deporte por el alto nivel de contaminación llevó al gobierno chino a replantearse de arriba abajo la necesidad de ahorrar energía y cuidar el medio ambiente.
El Nido de pájaros, como se nombró al estadio de fútbol, el Centro Acuático Nacional de Pekín o el campus en el que se instalaron los deportistas fueron un ejemplo de ello. De la misma forma que lo fueron las iniciativas para reducir el uso de vehículos particulares o las medidas tomadas para que todas las empresas del país empezasen a controlar sus emisiones.
A partir de ese momento China cambió su política medioambiental orientándola hacia dos objetivos principales; reducir el consumo de energía y como consecuencia de ello la emisión masiva de gases de efecto invernadero.